Este 1° de mayo, Día Internacional de las y los trabajadores, está marcado por una nueva guerra imperialista. Hace 140 años, en Chicago y otras ciudades de Estados Unidos, el movimiento obrero daba un ejemplo de lucha a la clase trabajadora de todo el mundo. Hoy luchamos por retomar y fortalecer esa tradición desde la perspectiva histórica del internacionalismo obrero y socialista contra la guerra y el imperialismo.
Este 1° de mayo, Día Internacional de las y los trabajadores, está marcado por una nueva guerra imperialista. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar a gran escala contra Irán: bombardeos sobre instalaciones militares, civiles y nucleares, miles de muertes y una nueva fase de desestabilización regional. Israel ha redoblado su ofensiva en el Líbano para imponer el «Gran Israel». El estrecho de Ormuz, bloqueado primero por Irán como medida defensiva y ahora por el imperialismo norteamericano, que busca en la negociación lo que no logró con los bombardeos, ha generado una crisis global.
Es una guerra de agresión en la que Trump y Netanyahu han sufrido una primera derrota sin alcanzar sus objetivos. Nuestra posición es clara: por la derrota completa de Estados Unidos e Israel. Una victoria imperialista reforzaría su capacidad de imponer sus dictados con violencia militar en Irán, Palestina, el Líbano y donde sea; una derrota abriría nuevas posibilidades para los explotados y oprimidos del mundo. Esto no implica ningún apoyo al régimen de Teherán, profundamente reaccionario, que aplastó la revolución obrera de 1979 y reprime con brutalidad a su clase trabajadora. Tampoco China ni Rusia, que son estados capitalistas con regímenes autoritarios y sus propios intereses imperialistas, representan una alternativa progresiva.
Mientras tanto, el genocidio en Gaza continúa. Israel, con el apoyo de Estados Unidos y la complicidad de los gobiernos europeos, lleva más de dos años y medio masacrando al pueblo palestino. Frente a ello, el 15 de abril zarpó de Barcelona una nueva misión de la Global Sumud Flotilla: cerca de 70 embarcaciones y más de 1.000 participantes, la mayor misión civil marítima hacia Gaza. Como señalaron nuestras compañeras embarcadas -Leandro Lanfredi, dirigente petrolero del MRT de Brasil; Iara Salerno, médica del PTS argentino; y Mariona Tasquer, de Contracorriente y la CRT en Catalunya-, solo la clase obrera puede parar el envío de petróleo y armas que sostiene la maquinaria de guerra sionista e imperialista.
La guerra en Irán no es un episodio aislado: es la continuación del genocidio en Palestina y expresión de una ofensiva imperialista más amplia que incluye el asedio a Cuba, la imposición de un régimen neocolonial en Venezuela -con la complicidad del propio régimen venezolano- y la militarización de Europa bajo la OTAN. Sus consecuencias las pagará la clase trabajadora con alza de precios, recorte de servicios públicos y deriva autoritaria.
Pero la brutalidad de Trump se topó con la resistencia de Irán, que le impuso una tregua, mientras desde Oriente Medio hasta las calles de Estados Unidos crece la oposición a la ofensiva imperialista. Es necesario impulsar un movimiento internacionalista de independencia de clase que conecte las luchas de los pueblos atacados con las de los trabajadores de los países imperialistas. El mismo espíritu que movilizó a millones contra la Guerra de Irak en 2003, hoy con más fuerza.
En el Estado español, eso tiene una traducción concreta. Cuando Trump amenazó con un bloqueo comercial si se le impedía usar las bases de Rota y Morón, quedó al desnudo que son enclaves al servicio de operaciones imperialistas en suelo español. El gobierno de Sánchez ha querido capitalizar la situación proclamando un «No a la guerra», pero la realidad lo desmiente: las bases siguen operativas, el gasto militar real ronda el 4% del PIB y el comercio de armas con Israel no se ha interrumpido. Su «No a la guerra» es retórica para encubrir los intereses del imperialismo español.
Por ello, la clase trabajadora debe hacer suyas las consignas de los marxistas internacionalistas de principios del siglo XX: «¡Guerra a la guerra: el enemigo está en casa!» En esa dirección apunta la iniciativa «Trabajador@s contra la guerra. ¡Ni un euro para el rearme!», impulsada por el sindicato co.bas: más de un centenar de delegados de logística, sanidad, educación y servicios sociales que exigen el cierre de Rota y Morón, la ruptura con Israel y la salida de la OTAN, y llaman a construir con urgencia un movimiento antiimperialista de independencia de clase en todo el Estado.
¡Presupuestos militares para escuelas y hospitales!
El «escudo social» del gobierno PSOE-Sumar no es ninguna salida. Ante la subida de precios, el gobierno anunció un plan de 5.000 millones articulado sobre rebajas fiscales que benefician a la patronal: sin limitación real de precios, sin freno a los despidos, sin bloqueo a la especulación. La crisis se sigue descargando sobre la clase trabajadora.
La vivienda es una de las expresiones más crudas de esta realidad. El alquiler ha crecido hasta un 12% anual en las grandes ciudades y los hogares destinan entre el 30 y el 45% del salario a pagar por un techo. Mientras el Congreso tumbó el decreto antidesahucios, Amancio Ortega se ha consolidado como el mayor magnate inmobiliario del mundo con más de 21.000 millones en 13 países. La crisis de la vivienda es consecuencia directa de un sistema que ha convertido un derecho fundamental en activo financiero.
También lo es la situación que padecen nuestras hermanas y hermanos migrantes, golpeados por la xenofobia, el racismo institucional y la persecución de la extrema derecha. La regularización extraordinaria aprobada por el Gobierno el 15 de abril es resultado de años de movilización migrante. Pero se ha diseñado dentro de los límites de la reaccionaria Ley de Extranjería y las leyes racistas de la UE: plazos de menos de tres meses, como demostrar antecedentes penales y medios raquíticos derivados a empresas externas, mientras las personas apátridas como los saharauis quedan fuera. Los derechos de las migrantes son una lucha de toda nuestra clase: por más recursos y personal, por la ampliación del plazo de regularización, por papeles para todas y contra las leyes racistas y los CIEs.
A ese cuadro se añade una oleada de EREs que muestra cómo opera el capitalismo en tiempos de crisis y guerra. Iberia plantea suprimir 996 empleos; Tubos Reunidos impone un expediente para 285 trabajadores en Amurrio y Trapagaran pese a la resistencia de la plantilla; Solvay pretende despedir a 77 personas en Torrelavega tras recibir más de 30 millones en dinero público; Capgemini -que cerró 2025 con 1.600 millones de beneficio neto y repartió 1.500 millones entre sus accionistas- anuncia despidos colectivos con la IA como coartada. El patrón es siempre el mismo: empresas rentables que destruyen empleo para mejorar sus márgenes a costa de nuestra clase.
Sin embargo, la clase trabajadora no está pasiva. En Catalunya, las docentes protagonizan una lucha histórica con huelgas y manifestaciones masivas, denunciando que sufren entre un 20 y un 25% de pérdida de poder adquisitivo, ratios insostenibles, personal externalizado al borde del SMI. La respuesta del Departament fue un acuerdo vergonzoso firmado por las burocracias minoritarias de CCOO y UGT a espaldas de la plantilla, rechazado por las asambleas en todos los centros. Mientras siguen las asambleas, USTEC, CGT Enseñanza y la Intersindical impulsan una nueva consulta para decidir desde abajo los próximos pasos. Hay que trabajar por extender la coordinación hacia una huelga unitaria en educación, sanidad y sector social.
En la Bahía de Cádiz, Manuel Balber y Jesús Galván llevan más de diez días encaramados a una grúa de Navantia San Fernando denunciando listas negras por su actividad sindical. La respuesta de la plantilla ha sido ejemplar: paros sucesivos, culebrinas por los talleres, solidaridad activa. Mientras Navantia lo niega y el gobierno calla, los trabajadores demuestran que la libertad sindical se conquista con organización. Su pelea es la de toda la clase.
En Madrid, las trabajadoras de escuelas infantiles de 0 a 3 años están en huelga indefinida por primera vez en la historia del sector, denunciando salarios que rozan el SMI, ratios abusivas, ausencia de regulación estatal y un modelo entregado a empresas privadas. Exigen que se les incluya en una ley estatal educativa que reconozca plenamente al primer ciclo infantil como parte de la educación pública. Los responsables de esta situación son tanto el gobierno de Ayuso como el central. Es necesario coordinar la lucha del 0-3 con la lucha de Menos Lectivas, de la universidad, del sector social y de todos los servicios públicos.
Construyamos una izquierda revolucionaria, internacionalista y antiimperialista
Frente a todo esto, una parte de la izquierda del régimen ofrece como respuesta la «unidad electoral». El acto protagonizado por Gabriel Rufián e Irene Montero en Barcelona, «¿Qué hay que hacer?», fue un ejemplo de lo que no hay que hacer: un reformismo sin reformas que sigue apostando por gobernar con el PSOE, pilar del régimen monárquico del imperialismo español. Una política «malmenorista» que, en lugar de frenar a la extrema derecha, abona el terreno para que siga avanzando. El neorreformismo, ya sea con Podemos o con Sumar, llegó al gobierno prometiendo cambiar las cosas para no cambiar nada. Mientras tanto, las burocracias sindicales mayoritarias siguen siendo un factor de pasivización y división de la clase, cuando no directamente de bloqueo y traición de las luchas, frente al rearme imperialista, el ataque a los servicios públicos, los despidos, la crisis de la vivienda, el racismo contra las migrantes y el avance de la extrema derecha.
Este 1º de Mayo, la CRT y Corriente Roja – IV Internacional nos movilizamos con la convicción de que la respuesta a esta situación solo puede venir de la organización independiente de la clase trabajadora. Por ello apostamos por la construcción de una izquierda revolucionaria, internacionalista y antiimperialista. Una izquierda que luche por desarrollar un contrapoder basado en la organización desde abajo en los lugares de trabajo, estudio y en los barrios; por fortalecer la coordinación entre todos los sectores, recuperar los sindicatos en manos de las burocracias sindicales y unificar a nuestra clase para la lucha; por terminar con la violencia patriarcal, el machismo, el racismo y todas las opresiones; por unir a toda la clase trabajadora, las mujeres, las migrantes y la juventud, para enfrentar la barbarie del capitalismo, impulsando organismos de autoorganización que constituyan la base de un gobierno de las y los trabajadores.
Hace 140 años, en Chicago y otras ciudades de Estados Unidos, el movimiento obrero daba un ejemplo de lucha a la clase trabajadora de todo el mundo. Ese ejemplo fue el que la clase capitalista quiso escarmentar con la represión y el asesinato. Sin embargo, la burguesía no logró sembrar el miedo. Los Mártires de Chicago se convirtieron en una bandera de lucha de nuestra clase en todo el planeta. Hoy luchamos por retomar y fortalecer esa tradición desde la perspectiva histórica del internacionalismo obrero y socialista contra la guerra y el imperialismo.






