Partido, movilización y autoorganización: debates sobre cómo aprovechar la ubicación de Myriam Bregman y la izquierda. Entrevista con Emilio Albamonte

Conversamos nuevamente con Emilio Albamonte*. En esta tercera entrevista retomamos los hilos de la primera y la segunda, esta vez a partir de los foros de debate del FIT-U que comenzaron el pasado 29 de junio, para discutir el problema que atraviesa todas las polémicas planteadas: el lugar de la autoorganización en la estrategia revolucionaria.

 

El pasado lunes 29 tuvo lugar el primero de los foros del FIT-U, que habíamos propuesto desde el PTS, y allí quedaron planteadas las diferentes posiciones. El PO e Izquierda Socialista insistieron en desarrollar “comités de apoyo al FIT-U”, aunque no respondieron a nuestra propuesta de impulsar ya la coordinación de los sectores combativos. El MST, por su parte, viene expresando acuerdo con la idea de que con el FITU no alcanza y que necesitamos dar un salto, lo que para nosotros pasa por poner en pie un movimiento por un partido de la nueva clase trabajadora. Sin embargo, tienden a minimizar las grandes diferencias políticas que tenemos y quedaron expresadas en el propio foro, que van desde la propia idea de qué partido hay que construir hasta problemas gruesos como, por ejemplo, la guerra en Ucrania donde se ubican en el bando ucraniano como si pudiera separarse del apoyo a la OTAN que lo dirige, o en la rebelión boliviana donde afirman que levantar “todo el poder a la COB” no tiene nada que ver con embellecer a una dirección que viene de traicionar la rebelión en enero y ahora nuevamente. ¿Desde dónde te parece que hay que abordar este debate para que no se transforme en una discusión “de aparatos”?

Justamente para no quedar encerrados en una discusión internista quiero empezar por otro lado, por una reflexión que hizo hace poco en una entrevista Ángel Luis Parras, un compañero de gran tradición que fue durante muchos años dirigente de la LIT y que viene de romper con esa organización, junto con otros compañeros de Corriente Roja del Estado Español, con quienes actualmente estamos en un proceso de fusión. Parras recordaba que Nahuel Moreno repetía que los revolucionarios tenemos dos estrategias centrales, permanentes: la movilización de las masas y la construcción del partido. Y señalaba que en esa fórmula, vista a la luz de las grandes lecciones del siglo XX, falta un elemento crucial, que es el problema de la autoorganización, del impulso de los organismos propios de la clase trabajadora, no solamente en los momentos culminantes de la revolución sino en toda su preparación. Y sacaba una conclusión que me parece muy aguda, que tomada aisladamente, la “movilización de las masas” lleva a un objetivismo desenfrenado, y la “construcción del partido”, sin una política de autoorganización, lleva a una concepción aparatista de todo. Parras destacaba esta conclusión sobre la autoorganización como un punto central en la confluencia con nuestra organización internacional, la CRP-CI. Me pareció muy agudo su razonamiento porque toca un punto central que hace a las posibilidades de confluir con otras corrientes.

Creo que ahí está el corazón de la discusión que quedó planteada en el foro del lunes pasado y que viene de lejos. Porque la movilización de las masas, separada de la autoorganización puede terminar siendo puro discurso. Tomemos, por ejemplo, el “fuera Milei” que agita el PO. Como consigna suelta es, o bien una apuesta espontaneísta a que las masas resuelvan solas –algo totalmente alejado de aquello que decía Engels de que la insurrección es un arte–, o bien se reduce a un puro discurso. Y por el otro lado, la construcción del partido sin una política sistemática de autoorganización deriva en el engorde de un aparato puro y duro, en acumular militantes y recursos, que es algo que puede hacer perfectamente un partido burgués. Lo que distingue a un partido revolucionario es que su construcción está ligada a aquello que decía Marx de que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. La tarea de los revolucionarios no consiste en “representar” a la clase trabajadora, sino en ayudar con todas nuestras fuerzas en la lucha porque se organice, por poner en pie instituciones propias, para que se transforme en sujeto hegemónico. Si no entendemos esto no entendemos a qué se refería Marx.

Por otra parte, es la única forma en que un partido de vanguardia puede impulsar la organización de grandes masas. Los sindicatos y los centros de estudiantes hoy en su gran mayoría vaciados hay que recuperarlos de las manos de las burocracias que los controlan. Esto es muy importante desde ya, pero por sus propios límites corporativos de ninguna manera son una respuesta de conjunto para tareas ofensivas de la clase trabajadora, si es que estamos pensando en una revolución y no meramente en “mantener” lo que hay y buscar “prosperar” dentro del sistema capitalista y del régimen burgués. Por eso un punto distintivo del PTS y de nuestra corriente internacional (la Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional) es la pelea constante por la autoorganización de base, contra toda fragmentación que imponen las burocracias, sean obreras, estudiantiles o de los movimientos sociales, del signo político que sean. La pelea por la democracia obrera, por la independencia efectiva respecto al Estado y por la coordinación de los sectores en lucha es central para vencer la pasividad y desmoralización que busca imponer la burocracia, y se relaciona directamente con nuestra estrategia que implica, en perspectiva, poner en pie consejos de trabajadores (“soviets”) para derrotar al Estado capitalista. Sin estas peleas, la emergencia de la clase trabajadora como sujeto hegemónico es imposible.

El FIT-U cumplió y cumple un papel muy importante en que haya un polo de izquierda y de independencia de clase en la política nacional. Es claro que ahora se abrió una nueva situación a partir de la ubicación de Myriam Bregman y la izquierda en la situación nacional. ¿Cómo ubicás la pelea por la autoorganización en este marco, teniendo en cuenta también los cambios profundos que están atravesando la situación internacional?

El partido revolucionario tiene que ser lo que podríamos llamar un multiplicador estratégico. Si es solamente un aparato, puede terminar haciendo sindicalismo en los años pares y electoralismo en los impares. La clave es que sirva para articular, movilizar y organizar volúmenes de fuerza que de otro modo quedan dispersos.

Cuando éramos un pequeño grupo recién salido de la ruptura con el viejo MAS, nos tocó enfrentar la caída del stalinismo y el cumplimiento de la hipótesis más pesimista de Trotsky, la restauración capitalista en la URSS y los países del Este. En ese momento, la gran tarea que asumimos no fue solo defender el trotskismo contra el stalinismo, sino sostener la perspectiva de la revolución mundial y recuperar la herencia teórica de Trotsky, porque si no la recuperábamos había que empezar de nuevo retrocediendo sesenta años. Sabíamos que la situación iba a volver a expresar tendencias más revolucionarias en algún momento, aunque tardara, porque la que habíamos sufrido era una derrota espantosa que iba a marcar toda una etapa. Por eso en su momento llamamos a nuestra organización internacional “Fracción Trotskista”, éramos una fracción peleando por reconstruir la Cuarta Internacional en medio del desierto de los 90.

En ese marco, en 1995, en pleno auge del menemismo, escribimos con Fredy Lizarrague y Manolo Romano un artículo que tenía por título “La estrategia soviética en la lucha por la república obrera”; un título que parecía extemporáneo a pocos años de la caída del Muro de Berlín, y en cierto sentido lo era, pero estábamos recuperando lo que consideramos un problema clave. No quiero aburrir con la historia, pero me parece relevante para la discusión actual. ¿Por qué dijimos estrategia soviética y no táctica soviética? El frente único es una táctica; los soviets, no. Los organismos de autoorganización están en el mismo nivel teórico que el partido revolucionario porque, igual que el partido, son multiplicadores estratégicos, es decir, multiplican la fuerza de la clase, la centralizan democráticamente y la expanden al mismo tiempo. En este sentido es que cada paso del movimiento real vale más que una docena de programas.

Además, la ausencia de organismos de autoorganización no es neutra: lleva a otras estrategias. Es lo que analizamos en Estrategia socialista y arte militar con las revoluciones de posguerra dirigidas por “partidos-ejército”, como en China o en Vietnam. Ahí hubo revoluciones triunfantes, pero sin soviets, sin democracia obrera. Las dirigieron aparatos burocráticos con estrategias basadas en el campesinado y la guerra prolongada, y el resultado fueron Estados burocratizados desde su origen. La forma en que la clase toma el poder no es indiferente al tipo de Estado que surge después, todo lo contrario. A su vez, el partido revolucionario tiene una batalla enorme dentro de esos organismos de autoorganización para que sean expresión de la hegemonía de la clase trabajadora y no sean neutralizados por el estado burgués como sucedió también en montones de procesos revolucionarios.

Ahora bien, la situación cambió mucho respecto a aquel desierto de los 90 en el que nos concentramos en recuperar la herencia teórica y el legado de Trotsky. Por este motivo también en nuestra XIV Conferencia internacional de finales del año pasado cambiamos el nombre de nuestra organización de “Fracción Trotskista” a “Corriente Revolución Permanente”. Hoy las coordenadas son diferentes, ya no alcanza con conservar una identidad trotskista en general sino que hay que hacerla pesar en la práctica de la lucha de clases. Hoy hay guerras como la de Ucrania o la de Irán, tenemos el genocidio en Gaza, hay derechas más duras, se desarrollan nuevos procesos de lucha de clases y fenómenos políticos por izquierda en muchos países. Ya no se trata solamente de resistir como “fracción” y preservar un programa en medio de la reacción, sino de tratar de confluir con los fenómenos que se están desarrollando, de intervenir en la situación con una estrategia clara. Por eso también llamamos, junto a organizaciones de otros países, a construir un movimiento por una internacional de la revolución socialista.

Me parece importante hacer este recorrido antes de volver a la discusión del FITU para resaltar que no se trata de una discusión de coyuntura. En una etapa defensiva como la que atravesamos durante años, desde el PTS fuimos los principales impulsores de frentes para hacer agitación por la independencia de clase. Antes del FIT, impulsamos el “FITAS” con Izquierda Socialista –que venía de romper con el MST– y el nuevo MAS, cuando todavía el PO no aceptaba sumarse. Después en el 2011 hicimos el FIT con el PO, aceptando que lo encabece Altamira –que luego de la ruptura en el PO rompería también con el FIT–. En el 2019, cuando el MST aceptó el programa del FIT fuimos impulsores de sumarlo y así surgió el actual FITU. Al día de hoy nos sigue pareciendo importantísimo haber creado un espacio político de izquierda de independencia de clase en un país marcado históricamente por el peronismo como expresión de la conciliación de clases.

Ahora bien, la situación cambió y eso es lo que estamos debatiendo cuando discutimos cómo aprovechar la nueva ubicación de Myriam Bregman y la izquierda en la situación nacional. El planteo del MST de que hay que discutir cómo cambiamos el FIT-U es un avance, porque registra que un frente que hace propaganda mientras Milei da golpes todos los días se queda corto. Ya no hay un neoliberalismo asentado como en los 90 y está crujiendo el orden mundial. La cuestión es si las fuerzas que hemos acumulado funcionan como multiplicadores estratégicos que crean instituciones capaces, en perspectiva, de atacar el poder del Estado, o nos conformamos con hacer agitación electoral.

Es un debate que va más allá de Argentina. Por ejemplo, en Francia nuestros compañeros de Révolution Permanente sacaron alrededor del 7% en varias localidades en las últimas elecciones municipales y dos concejales en Saint-Denis, que es una ciudad obrera del cordón de París, en su primera presentación electoral. ¿Cómo van a pelear ahí contra la línea frentepopulista de Mélenchon? En mi opinión personal habría que jugarse a generar instituciones propias de los trabajadores y la juventud en Saint-Denis. Es decir, no se trata de discusiones ni locales ni coyunturales sino de problemas centrales que hacen a qué izquierda revolucionaria necesitamos construir.

Y que se entienda bien, no estamos en contra de hacer una gran campaña electoral, todo lo contrario, lo que decimos es que hacer una gran campaña electoral sin crear esos comités y coordinadoras nos deja muy debilitados para lo que viene.

Vos señalabas la necesidad de articular volúmenes de fuerza que hoy quedan dispersos. Justamente sobre esa dispersión hay todo un diagnóstico instalado referido a que la precarización, el trabajo en plataformas y la caída de la sindicalización volvieron a la clase trabajadora una suma de individuos, con un repliegue hacia lo individual que las derechas capitalizan. Partiendo desde acá ¿qué lugar ocupa el tema de la autoorganización en la reconstrucción de la fuerza colectiva?

Es un buen ángulo para volver sobre por qué la cuestión no es movilizar a las masas “en general” ni construir un partido cualquiera, sino que la clave está en la autoorganización. Como comentaba en una de las entrevistas que hicimos antes, hoy la burguesía domina a través de un “Estado ampliado” –lo que Gramsci llama el Estado en su significación integral, de dictadura más hegemonía– con el cual trata de organizar el consenso y que incluye la colaboración de las burocracias de los sindicatos, de los centros de estudiantes, de los movimientos sociales, etc. Frente a ese aparato gigantesco, la clase trabajadora queda como una suma de individuos dispersos. No deja de ser complementario con el ideal de Margaret Thatcher cuando decía que la sociedad no existe, que existen los individuos. El contenido de la pelea por la autoorganización es que no queden solo masas dispersas frente a ese Estado ampliado. El problema es que, exceptuando al PTS, el resto de la izquierda argentina no tiene como parte de su práctica, más bien lo contrario, la pelea por crear instituciones de autoorganización y esa es la mayor diferencia que tenemos –más allá de las grandes diferencias programáticas como la que mencionamos antes sobre la guerra en Ucrania con el MST o IS por ejemplo– y se expresa constantemente en la práctica en el movimiento obrero, en el movimiento estudiantil, etc.

Es un debate que excede al FITU y la discusión del fenómeno político que estamos discutiendo en Argentina. Tomemos el caso de Zohran Mamdani, que es miembro del Democratic Socialist of America (DSA). Su triunfo para alcalde de Nueva York expresó un giro a la izquierda de sectores importantes de la juventud norteamericana. Ahora bien, ¿cuál es nuestra crítica de fondo? No es solamente que sea reformista y nosotros revolucionarios, que es la diferencia obvia. La clave es que, incluso para su programa, no crean una sola institución propia del movimiento de masas que permita que el propio pueblo trabajador delibere y pese activamente en la lucha por ese programa que lo votó. Todo depende entonces de la buena voluntad de los funcionarios y de las concesiones que le arranque –o no– al establishment demócrata. Bhaskar Sunkara, el editor de la revista Jacobin y parte del DSA, planteó que Mamdani necesitaba crear asambleas populares como contrapeso frente a la presión del establishment. Bien, pero no tuvo ninguna consecuencia práctica, lo cual no es llamativo si al mismo tiempo estás llamando a apoyar candidatos dentro del Partido Demócrata. Pero incluso si se hicieran, queda la pregunta decisiva: ¿asambleas para presionar al Estado burgués imperialista, o instituciones de autoorganización que sirvan para la lucha y en perspectiva se planteen ser organismos de poder?

Y ojo, pueden surgir organismos de autoorganización con direcciones conciliadoras, como los soviets de febrero de 1917 en la Revolución Rusa dirigidos por mencheviques y socialrevolucionarios, y aun así son un avance enorme, porque son el terreno donde los revolucionarios podemos disputar la dirección de cara al movimiento de las masas. De estas coordenadas parte toda nuestra discusión con las otras organizaciones del FIT-U, pero empieza por unir entre sí todos los conflictos que se dan en un territorio o en un gremio para potenciar su acción. Conviene recordar, como cuenta Trotsky, que los soviets no nacieron de ningún plan maestro, fueron en sus inicios modestas organizaciones de lucha, comités de huelga, que frente a la crisis abierta por el desastre de la derrota rusa ante Japón evolucionaron rápidamente y se transformaron, en la revolución de 1905, en una nueva forma de centralizar y expandir la lucha y, al mismo tiempo, en la base material potencial de un nuevo tipo de Estado que superaba a la democracia burguesa. Nadie los “decretó”, pero tampoco hubieran llegado a ser lo que fueron sin revolucionarios que pelearan conscientemente por desarrollarlos.

Mencionabas recién la cuestión del “Estado ampliado” y la estatización de las organizaciones masas, cuestión que acá tiene como actor central al peronismo…

Bueno, todas las organizaciones del FITU, incluidos nosotros, somos muy vocales en denunciar al peronismo, y eso está muy bien. Pero muchas veces se olvida algo fundamental que debería ir de la mano: la conciencia del proletariado, moldeada durante décadas por el peronismo, es una conciencia sindicalista, “tradeunionista” diríamos en términos del ¿Qué Hacer? de Lenin. Es decir, la conciencia de que solo hay que luchar por aumentos de salario; muchas veces ni siquiera por las condiciones de trabajo, ahí donde se cambian horas extras, vacaciones y ritmos de producción infernales por llegar a un salario más o menos digno. En relación a esto, por ejemplo, venimos teniendo una discusión muy fuerte con el PO por su intervención en el conflicto de FATE, no se puede tener una discurso radical por la huelga general y después en la práctica no coordinar nunca realmente con otros sectores, ni proponerse radicalizar ninguna lucha, sino permanente buscar el acuerdo “posible”, que siempre implica concesiones. Por ejemplo, pese a nuestros llamados, no hay ningún tipo de coordinación permanente de FATE con Georgalos que está solo a unas cuadras, lo que debilita ambas luchas. En términos generales el PO dice estar de acuerdo pero en los hechos insiste en su política de luchas separadas.

Y acá tenemos una discusión de larga data con el resto de las corrientes del FITU porque el sindicalismo de izquierda muchas veces termina pareciéndose al que hace el peronismo, con la diferencia –nada menor, pero insuficiente– de que no traiciona. Me refiero a que evita las luchas de conjunto, separa las luchas sindicales de las políticas –años pares “se lucha”, años impares se hace campaña electoral–. El famoso “luche y vote”. Eso va contra todo lo que aprendimos de la crítica de Lenin al sindicalismo desde el ¿Qué hacer?, donde contraponía el ideal del secretario sindical o “secretario de tradeunion” –que ayuda a sostener la lucha económica contra los patrones y el gobierno, y ahí se queda– al “tribuno del pueblo”, que sabe reaccionar contra toda manifestación de opresión, afecte a quien afecte, y sintetizarlas en un cuadro único de la explotación capitalista para explicar la importancia histórica de la lucha emancipadora del proletariado. Lenin decía que la política “tradeunionista” es, precisamente, la política burguesa de la clase obrera. Entonces la pregunta que tenemos que hacernos todos los que denunciamos al peronismo es: ¿en qué medida somos una alternativa al peronismo que tanto denunciamos? Si reproducimos por izquierda su separación entre lo sindical y lo político evidentemente no lo somos.

Nuestra respuesta es concebir todas las luchas, por mínimas que sean, dentro de una estrategia de conjunto que combine lo sindical con lo político y culmine en la huelga general, y que busque preparar al activismo también en la autodefensa, como un eslabón hacia aquello de la “insurrección como arte” que decía Engels. Se trata de ganar visibilidad y simpatía entre los explotados, como hicimos en los grandes enfrentamientos de la Panamericana, que permitieron triunfos como el de Kraft en 2009 o el de Donnelley en 2014, y también algunas grandes derrotas que, al ser bien peleadas y bien explicadas sus lecciones, evitaron la desmoralización. El caso de Lear en 2014 es un ejemplo. Cuando el SMATA quería que nuestra interna firmara que todo trabajador que entrara lo hiciera ganando un 30% menos de salario que los efectivos, los compañeros se vieron obligados a dar una lucha durísima de seis meses que al final perdimos. En ese caso y en otros pensamos, que es mejor perder la interna como resultado de una lucha bien dada que sostener sindicatos e internas con la cabeza gacha. Porque además la experiencia muestra que ceder a los intentos patronales de que las internas y los sindicatos aprueben los ataques en asambleas, bajo la amenaza constante de despidos, no salva de nada. Si los ataques no se responden, terminan de todas maneras en la desarticulación del activismo y finalmente en el cierre o el vaciamiento.

Sintetizando, la lucha contra la adaptación al sindicalismo y al electoralismo, contra la división entre lo sindical y lo político, contra los sindicatos vaciados, es parte integral de la lucha con el peronismo, sino la denuncia al peronismo es puro discurso para la tribuna.

Volvamos entonces a los foros y a las respuestas de las otras fuerzas del FIT-U. El PO e IS proponen “comités de apoyo al FIT-U”, cuáles señalarías como las principales diferencias entre este planteo y nuestra propuesta de poner en pie instituciones de frente único o coordinadoras al tiempo que organizamos comités por un partido de la nueva clase trabajadora.

La propuesta del PO y de IS es hacer comités del FITU –incluso que terminen en un congreso o asamblea nacional del FITU como perspectiva–. A mi modo de ver, es una propuesta al mismo tiempo electoralista y sectaria. ¿Por qué digo esto? Porque le exigen a la gente que primero sea del FIT-U, o apoye al FIT-U, para organizarse para luchar. Hay miles de trabajadores y trabajadoras peronistas, independientes, etc. que quieren luchar contra Milei y que con ese esquema no tienen otra opción que aceptar previamente al FIT-U como condición de entrada. Nosotros tenemos la visión exactamente contraria. Queremos instituciones de frente único donde participen peronistas, gente sin partido, compañeros que no coinciden ni con Myriam, ni con Nico, ni con el PTS, ni con el FITU, pero que quieran pelear en serio contra Milei y las patronales. Queremos movilizar a gente de diferentes ideologías, no seleccionar previamente por acuerdo político. Ese es el corazón de la táctica de frente único obrero como la pensó la III Internacional, “golpear juntos, marchar separados”. Esto último, justamente, porque es para luchar junto con quienes no tenemos acuerdo político, de lo contrario la táctica no tiene sentido.

Sobre qué partido hay que construir podremos ponernos de acuerdo o no con las otras fuerzas del FITU, y es legítimo que cada corriente defienda su estrategia. Lo que no tiene justificación, es que el FIT-U no impulse instancias de frente único que articulen a los sectores combativos para así golpear sobre las burocracias de los grandes sindicatos, sobre los centros de estudiantes, y organizaciones de masas. Porque si no creás instituciones de frente único, de unificación de los sectores combativos, como pueden ser coordinadoras –nosotros hemos recuperado el planteo de Trotsky cuando hablaba de “comités de acción”–, si no hay organismos que le hagan pagar un costo a la burocracia cuando no se mueve de su sillón, no hay ninguna posibilidad de que esos amplios sectores que hoy simpatizan con la izquierda articulen los volúmenes de fuerza para frenar los ataques y derrotar a Milei y podamos convencerlos de un programa y una estrategia revolucionarias.

Hay muchos ejemplos por la negativa de esto. En Estrategia socialista y arte militar analizamos el de Grecia con Syriza, precedido por decenas de huelgas generales. Ahí se vio claramente que cuando el frente único no se desarrolla en la lucha de clases, la energía del movimiento se dilapida en decenas de acciones aisladas sin continuidad y terminan fortaleciéndose las variantes reformistas de colaboración de clases, que aparecen como “mal menor” ante masas desgastadas que no ven otro camino. Trotsky lo analizó para la Francia de 1922 y decía que los reformistas hacen más pie entre los trabajadores cuanto menos arraiga la idea y la práctica del frente único contra la burguesía porque el reformismo se nutre de la desorientación y desmoralización de la clase trabajadora que no logra ver otro camino. El ascenso de Syriza fue eso, la traducción electoral de la impotencia a la que las burocracias llevaron al movimiento de masas griego.

El PO en el foro de debate planteó que sería un “crimen político” si no hacemos un comité del FITU en La Matanza donde la multicolor dirige el SUTEBA. Eso va a depender de cómo avancemos en los acuerdos políticos. Ahora bien, el problema central es si creamos instituciones de coordinación, y en eso tendríamos que poder tener acuerdo aunque mantengamos todas nuestras diferencias. Frente a esto los compañeros de IS y PO nos ponen como alternativa al PSC –el plenario sindical combativo– que en el mejor de los casos es una reunión de dirigentes, nosotros de lo que estamos hablando es organizar a la vanguardia y en perspectiva a la base de las organizaciones en las reuniones de coordinación, no mesas de dirigentes. Como planteó Christian Castillo en el foro, el tema es si logramos movilizar a la base de ferroviarios de Haedo y a la base de los docentes de La Matanza para impulsar una coordinadora regional para hacer frente a Milei y al peronismo de Espinoza y Kicillof. En los próximos foros esto se tendría que seguir discutiendo a fondo porque el problema, como plantearon tanto Christian y Laura Liff en el foro, es que todavía somos muy débiles para movilizar las fuerzas necesarias para derrotar a Milei, por eso es clave poner en pie estas instituciones de frente único.

A partir de aquí viene la discusión de fondo. Hace falta un partido revolucionario, pero por las diferencias que tenemos entre corrientes históricas distintas es muy difícil empezar por hacer comités partidarios comunes. Ahora bien, crear instituciones de autoorganización en cada fábrica, en cada facultad, en cada hospital, aplicando la táctica de la unidad de acción y, hacia la clase, el frente único obrero –tal como lo concebía la III Internacional “golpear juntos, marchar separados”, es decir, golpear juntos al enemigo de clase sin mezclar las banderas con reformistas y centristas– nos puede permitir articular y movilizar volúmenes de fuerza no solo para resistir sino para pasar a la ofensiva.

Soy algo más pesimista sobre la posibilidad de que construyamos un partido común en lo inmediato, por la profundidad de las diferencias programáticas y estratégicas, pero soy optimista en que los compañeros reflexionen y podamos poner en pie ese tipo de organismos comunes de lucha, y que a partir de esa experiencia práctica compartida podamos acercar posiciones. Las convergencias serias nunca salieron de acuerdos diplomáticos, sino de la práctica común en la lucha de clases.

Dicho esto, metámonos en cuál es la relación entre las dos propuestas que hacemos desde el PTS, la de impulsar instituciones de frente único y la de comités por un partido de la nueva clase trabajadora…

Con la propuesta de los comités tenemos el objetivo de organizar la enorme simpatía que existe con Myriam, con Nicolás del Caño, o con Alejandro Vilca en Jujuy, entre otros compañeros y compañeras que son muy reconocidos y respetados. De los compañeros y compañeras que se acercan a los comités, hay una parte que viene impactada por lo electoral y, por supuesto, queremos integrarlos a los comités y discutir con ellos. Al mismo tiempo, tenemos la tarea de destacar a quienes quieren cumplir un rol más activo porque queremos que los comités intervengan activamente en las luchas, y en este sentido, una de sus tareas inmediatas más importantes de los comités debería ser, justamente, impulsar en cada lugar la coordinación de los sectores combativos y la izquierda, es decir, impulsar el frente único para la lucha del que venimos hablando. Ahora bien, en los comités también discutimos el programa y la estrategia que tendría que tener un partido de la nueva clase trabajadora, un partido de contenido revolucionario. Para eso publicamos el manifiesto “¿Cómo cambiamos la historia?”, que está cumpliendo un rol muy bueno frente a la avidez política e ideológica que vemos en los compañeros y compañeras que se acercan a los comités, en muchos comités ya se están organizando grupos de estudio y discusión abiertos.

Recién arrancamos esta experiencia, pero los primeros resultados son muy alentadores. Entre los actos que hicimos en los últimos dos meses –en Ferro, acá en CABA, también en Jujuy y en Neuquén– y las primeras reuniones de comités, reunimos entre 12.000 y 15.000 personas, ya que algunos participaron de varias actividades. En los actos de Jujuy y Neuquén, con 1.000 y 1.500 respectivamente, y en CABA unos 6.000. Se hicieron las primeras reuniones de más de 100 comités en unas 90 ciudades del país participaron alrededor de 7.000 personas. Un dato muy significativo es que hay unas 12.000 personas que se anotaron por internet en nuestra comunidad para sumarse a los comités, incluso de ciudades y provincias donde no estamos. Es apenas el comienzo si se lo compara con los millones que hoy dicen que votarían a Myriam, pero muestra que hay una franja dispuesta a organizarse.

Lo decisivo es el contenido que le demos a los comités. Hacemos reuniones periódicas porque queremos que sean comités militantes, no comités electorales que se reúnen una vez y quedan como listas de contactos. Comités que discutan política nacional e internacional, programa y estrategia, que lancen grandes campañas de apoyo a las luchas que hoy enfrentan al gobierno y a las patronales, y que impulsen nuevas instituciones de autoorganización, instancias de coordinación amplias del activismo en cada lugar, en cada ciudad, que mencionaba antes. Es decir, lo que venimos discutiendo es que el impulso de estas instancias de autoorganización sea uno de los objetivos centrales de todo comité. A su vez, queremos hacer los comités cada vez más amplios, que cada compañero, que cada compañera juegue un rol activo en expandirlos. No somos ultimatistas, no pretendemos que todo esto se desarrolle de un día para otro. El ritmo con el que avancemos hacia un verdadero partido va a depender también de la lucha de clases.

Contra la idea de que discusiones como estas sobre comités, coordinadoras, frente único no son más que discusiones coyunturales o de segundo orden, me gustaría que las llevemos un poco más al debate teórico de estrategia en el marxismo, al que incluso autores contemporáneos del establishment académico que no tienen nada que ver con el marxismo –pienso por ejemplo en el historiador militar Lawrence Freedman– le dedican a veces más atención que la que se le dedica en la izquierda marxista…

Me alegra que traigas Freedman porque es un autor que habría que discutir mucho más en la izquierda. Es probablemente el más prestigioso historiador de la estrategia del mundo anglosajón, profesor emérito de Estudios de Guerra del King’s College de Londres, un hombre del establishment académico británico, nada sospechoso de marxista. Y sin embargo en su obra principal, Estrategia. Una historia, le dedica alrededor de un cuarto del libro a lo que llama la “estrategia desde abajo”, tomando en serio a Marx, Engels, Kautsky, Luxemburgo, Lenin, Gramsci. Es decir, un autor burgués serio entiende que el marxismo es, entre otras cosas, una escuela estratégica de primer orden, mientras tantos marxistas ningunean el pensamiento estratégico o lo consideran un tema menor. En nuestra concepción, por el contrario, el pensamiento estratégico es la cuestión central del marxismo.

Es interesante resaltar lo que ve Freedman en Lenin. Opina que su gran innovación estratégica no consiste en convertir el marxismo en una teoría militar, sino en convertir la estrategia revolucionaria en una teoría política de la conquista del poder, donde la organización, la conciencia, la coyuntura, la correlación de fuerzas y la insurrección forman parte de un mismo proceso estratégico. Sostiene que Lenin llena un vacío que había quedado relativamente abierto en Marx, no modifica la teoría de la lucha de clases, sino que desarrolla una teoría de cómo conducirla estratégicamente hasta la toma del poder.

Esto se ve de manera extraordinaria en los cuadernos de notas de Lenin sobre Clausewitz, la famosa Tetradka de 1915, que el propio Carl Schmitt –otro pensador reaccionario pero serio– definió como uno de los documentos más extraordinarios de la historia universal. Lenin parte de la fórmula de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero esa fórmula obliga a responder una pregunta previa: ¿qué es la política? Para el liberalismo, la política es administración del Estado. Para Lenin, siguiendo a Marx, la política es la expresión concentrada de la lucha entre las clases por el poder del Estado. Entonces, cuando Lenin lee a Clausewitz, le cambia el contenido a la fórmula. Y de ahí se reafirman dos conclusiones enormes. La primera, que una revolución no es simplemente un estallido espontáneo, sino la continuación de la lucha política cuando la crisis del Estado lleva el enfrentamiento a un nivel decisivo. La segunda, que ni el partido ni la insurrección pueden guiarse por criterios puramente militares, la fuerza solo tiene sentido si responde a objetivos políticos definidos por la lucha de clases.

El punto débil de Freedman es que toma al partido leninista como el gran multiplicador estratégico de la revolución –y en eso acierta– pero, al no tomar a Trotsky hasta el final, no repara en el otro enorme multiplicador estratégico que son los soviets. El soviet cumple una doble función estratégica que ningún otro organismo cumple: expande la lucha –incorpora a sectores cada vez más amplios, incluso a los no organizados, a los aliados de la clase trabajadora– y simultáneamente la unifica frente al Estado. Partido y soviets son los dos multiplicadores estratégicos, el primero concentra a la vanguardia con un programa y una estrategia revolucionarios, los segundos organizan a las masas como sujeto. Con uno solo de los dos no alcanza: sin partido, los consejos quedan en manos de los conciliadores, como los Räte alemanes de 1918-19; sin soviets, el partido o bien es impotente o bien sustituye a las masas, como en las revoluciones dirigidas por partidos-ejército.

¿Qué le decís al compañero que se acercó entusiasmado con la perspectiva electoral y siente que hablamos de otra cosa?

Lo primero que le diría es que con nosotros no hay ninguna discusión sobre si hacer o no una gran campaña electoral. La vamos a hacer con todo llegado el momento, como hicimos cada vez que tuvimos que dar la pelea en el terreno electoral.

Las elecciones son una tribuna excepcional para educar a millones sobre quiénes son los enemigos de clase, como hicimos en la última campaña señalando a los dueños del país y planteando la necesidad de romper con el FMI. Myriam creció enormemente en el debate presidencial. Hay periodistas nada cercanos a nosotros, como Ignacio Zuleta, columnista de Clarín, que dijeron que en ese debate había cuatro candidatos que decían lo mismo y Myriam Bregman.

Esa capacidad de usar la tribuna electoral para la lucha política de clase no la vamos a resignar para nada. Lo que decimos es que si además de eso somos capaces de movilizar los volúmenes de fuerza de los que venimos hablando, con coordinadoras e instituciones de frente único, habremos logrado una gran superación del rol de agitación programática muy progresivo que viene cumpliendo el FIT-U.

¿Cómo ubicarías esto último dentro de la discusión estratégica más general?

La discusión, si se quiere, podemos remontarla a los debates clásicos de estrategia del marxismo, como la polémica entre la “estrategia de desgaste” y la “estrategia de derrocamiento” que enfrentó a Karl Kautsky con Rosa Luxemburg a partir de 1910, la primera gran discusión donde se introdujeron explícitamente los conceptos de la estrategia militar en el debate político del marxismo. En ese entonces, Kautsky, frente al ascenso de las luchas y la crisis política del Imperio alemán, propone una “estrategia de desgaste” cuyo eje pasaba por esperar y prepararse para las elecciones. Contra esta orientación que considera pasiva, Luxemburg plantea impulsar una gran agitación en todo tipo de mítines de base para organizar una huelga general de masas que uniera los diferentes combates que se estaban llevando adelante.

Lo interesante es que Luxemburg no era para nada antielectoralista, como se la suele caricaturizar. Compartía con Kautsky que la crisis abría enormes perspectivas electorales para la socialdemocracia. Lo que se negaba tajantemente era a contraponer las posibilidades electorales a la necesidad de impulsar el movimiento real en la lucha de clases. Esto encierra buena parte de la diferencia entre las “dos estrategias”. En el debate se impuso una línea más parecida a la de Kautsky, y sabemos cómo terminó, la socialdemocracia llegó a 1914 como una gigantesca máquina electoral y sindical incapaz de enfrentar la guerra, y a 1918-19 sin partido revolucionario, lo que fue determinante para la derrota de la revolución alemana.

Traducido a hoy: no hay solución parcial que no pase por derrotar a Milei y evitar que se destruyan las condiciones de vida del proletariado, y eso no se resuelve en el cuarto oscuro. Como decía al principio, no podemos conformarnos con “representar” a la clase trabajadora, nuestra tarea es ayudarla en la pelea por organizarse, por poner en pie instituciones propias para que se transforme en sujeto hegemónico. Pero esto no quita, ni en su momento para Rosa Luxemburg, ni para nosotros ahora, la enorme importancia que tiene la agitación política electoral.

¿Querés agregar algo más?

Primero resaltar lo que venía señalando sobre qué define hoy a un trotskista. ¿Lo define estar por la autoorganización de la clase trabajadora, o administrar pequeños aparatos que compiten entre sí? Nosotros creemos lo primero. Tenemos diferencias programáticas y estratégicas importantes con las demás fuerzas del FIT-U, y no las vamos a esconder, al contrario queremos que cada vez más compañeros y compañeras se involucren en estos debates, por eso propusimos los foros. Pero si logramos desarrollar coordinaciones en común, instituciones de frente único en cada lugar de trabajo y estudio, opino que la experiencia práctica compartida nos puede acercar mucho más que cualquier acuerdo diplomático.

Junto con esta propuesta para mí deberíamos impulsar reuniones abiertas de la bancada parlamentaria del FIT-U. Una “banca abierta” con Myriam Bregman, con Nicolás del Caño y proponerla al conjunto del FIT-U, a la que se puedan sumar también intelectuales, dirigentes obreros, referentes de los movimientos, para discutir en común la política en las calles y la política parlamentaria, cómo se articula una con la otra, etc. Que las bancas, que siempre ponemos al servicio de las luchas, funcionen también como tribunas deliberativas abiertas al movimiento.

Si hacemos todo esto que fui planteando a lo largo de la entrevista –los comités, las coordinadoras, las instituciones de autoorganización, el frente único impuesto a las grandes organizaciones, la banca abierta–, el FIT-U va a ser una realidad mucho más potente de lo que es hoy como frente electoral. Esa es nuestra apuesta y esa es la discusión que queremos dar en los próximos foros.

* Emilio Albamonte es dirigente y fundador de la Fracción Trotskista–Cuarta Internacional, hoy Corriente Revolución Permanente–Cuarta Internacional, y del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) de Argentina. Es coautor de los libros Estrategia socialista y arte militar y Debates y fundamentos sobre la lucha por el socialismo hoy.